Esperanza fue la primera en reaccionar, aunque no como yo esperaba.
No gritó.
No negó nada de inmediato.
Solo se quedó inmóvil, con la espalda todavía recta, pero con los dedos aferrados al brazo del sofá con una fuerza que le borró el color de los nudillos.
—No sé de qué estás hablando —dijo al fin, y su voz, aunque controlada, ya no sonaba elegante. Sonaba vieja. Cansada. Asustada.
Alejandro soltó una risa breve, sin humor.
—Claro que sí sabes —dijo—. Llevas treinta años rezando para que ese nombre no volviera a esta mesa.
El abogado, que hasta ese momento había sido una estatua bien peinada con corbata sobria y modales de oficina cara, parpadeó confundido.
—Perdón —intervino—, creo que sería prudente mantenernos en el asunto actual.
—No —respondí sin levantar la voz—. El asunto actual empezó mucho antes de la fiesta de Mateo. Muchísimo antes de esos papeles ridículos que usted trajo. Empezó el día en que esta señora decidió que mi familia tenía que pagar por algo que nunca fue culpa nuestra.
Sofía me miró por fin.
Tenía la cara desencajada.
—Mamá… ¿qué nombre dijiste?
No le respondí de inmediato.
