Me quedé allí, en el descansillo de la escalera, bajo la luz parpadeante de una bombilla barata, mirando la puerta número 3B. Olía a estofado de lentejas proveniente del piso de la vecina, un olor a hogar, a seguridad, que ahora me estaba vedado.

Salí a la calle. Febrero en León no perdona. El viento cortaba la cara y la lluvia fina, ese calabobos traicionero, empezó a calarme los huesos en cuestión de minutos. Caminé sin rumbo, arrastrando mi maleta de ruedas que hacía un ruido infernal sobre los adoquines mojados. Clac-clac-clac. El sonido de mi soledad.
Me senté en la parada del autobús, bajo la marquesina de plástico, y saqué el móvil. Mis dedos, entumecidos por el frío, buscaron el nombre que había marcado mil veces en las últimas semanas.
Arturo.
Llamé. Un tono. Dos tonos. Tres tonos.
“El número marcado no se encuentra disponible en este momento…”
Colgué y sentí las lágrimas calientes mezclarse con la lluvia fría en mis mejillas. Arturo Rivas. El chico de la sonrisa fácil, el de las promesas eternas en las fiestas del pueblo, el heredero de los Rivas. Me había jurado que se enfrentaría a su familia, que nos iríamos juntos, que seríamos felices. Pero en cuanto el predictor mostró las dos rayas rosas, el valiente Arturo se convirtió en un fantasma. “Necesito tiempo, Lupe”, me dijo. “Mi padre me matará”. Y luego, el silencio.
No sé cuánto tiempo pasé allí sentada. Una hora, tal vez dos. El frío empezaba a ser peligroso para el bebé. Lo sentía moverse inquieto dentro de mí, como si él también supiera que nos habíamos quedado sin mundo.
Entonces, un coche gris metalizado, un Audi de gama alta, se detuvo frente a la parada. La ventanilla del copiloto bajó con un zumbido eléctrico suave.

Beatriz Rivas, la hermana mayor de Arturo, me miraba desde el interior. Llevaba unas gafas de sol de marca, aunque no había sol, y una bufanda de cachemira que costaba más que todo lo que yo llevaba en la maleta.
—Sube —ordenó. No fue una invitación.
Dudé un segundo, pero el frío era insoportable. Metí la maleta en el asiento trasero y me senté a su lado. El interior del coche olía a cuero nuevo y a perfume caro, una mezcla embriagadora que me revolvió el estómago vacío. La calefacción estaba puesta y el cambio de temperatura me hizo tiritar violentamente.
Beatriz no me miró. Mantuvo la vista fija en la carretera mientras arrancaba.
—¿Sabes? Arturo es un idiota —dijo con frialdad, como quien comenta el tiempo—. Pero tú eres aún más idiota por creerle.
—¿Dónde está? —pregunté, con la voz rota.
—Lejos. Mi padre lo ha mandado a Londres “a estudiar inglés”. Ya sabes, la solución clásica para los problemas de faldas de los niños ricos. Poner tierra y mar de por medio.
Sentí un pinchazo en el corazón. Londres. Mientras yo no tenía dónde dormir, él estaba cruzando fronteras.
—¿Por qué has venido, Beatriz? ¿A reírte de mí?
Ella soltó una risa seca, sin humor.
—No tengo tiempo para eso, Guadalupe. He venido a ofrecerte un negocio. Una solución.
Frenó en un semáforo y se giró para mirarme. Sus ojos eran idénticos a los de Arturo, pero duros, calculadores.
—Mi madre, Doña Consuelo, vive sola. Está en la finca de San Jerónimo, en la sierra.
Fruncí el ceño. Todo el mundo en la provincia conocía a los Rivas, pero de la madre apenas se hablaba. Era una figura borrosa, un tema tabú.
—No —cortó Beatriz—. Ella está… delicada. Mentalmente. Mi padre la apartó hace años porque se volvió inmanejable. Inventa historias, tiene delirios de persecución, a veces se pone agresiva. Nadie de la familia quiere cuidarla. Las enfermeras no duran ni una semana; dicen que la casa tiene “mala energía” o tonterías de gente de pueblo.
El semáforo se puso en verde y el coche aceleró suavemente.
—La propuesta es simple: te vas a vivir con ella. Te damos techo, comida y una asignación mensual de quinientos euros. Cuidas de que no se haga daño, de que tome sus pastillas y de que la casa no se caiga a pedazos. A cambio, tienes donde caerte muerta y donde parir a ese niño.
Me toqué el vientre. Era una oferta desesperada, pero yo estaba en una situación desesperada.
—¿Por qué yo?
—Porque no tienes a nadie, Guadalupe. Y porque llevas un Rivas en la barriga, aunque mi padre reniegue de él. Es lo mínimo que podemos hacer para evitar que vayas llorando a la prensa local y nos montes un escándalo.
La crudeza de sus palabras me golpeó, pero la realidad era más fuerte que el orgullo.
—Acepto —susurré.
Beatriz asintió, satisfecha.
—Bien. Pero hay reglas. Primera: no molestes a mi padre ni intentes contactar con Arturo. Segunda: no te separes de mi madre. Y tercera, y más importante: no creas ni una sola palabra de lo que te diga.
Se detuvo un momento para dar énfasis.
—Su demencia es… creativa. Te contará atrocidades sobre nosotros, sobre el pasado, sobre el pueblo. Mentiras diseñadas para hacer daño. Si le sigues la corriente, te volverá loca a ti también. Ignórala. Dale la medicación y que se calle. ¿Entendido?
El viaje hasta San Jerónimo duró casi tres horas. Dejamos atrás la ciudad y nos adentramos en carreteras secundarias que serpenteaban por la montaña. El paisaje cambió: de los edificios grises pasamos a bosques de castaños y robles, a valles profundos cubiertos de niebla.
Llegamos al atardecer. El pueblo de San Jerónimo parecía una maqueta olvidada por el tiempo. Casas de piedra con tejados de pizarra, chimeneas humeantes y calles tan estrechas que el Audi de Beatriz apenas cabía. No nos detuvimos en el centro. Seguimos subiendo, por un camino de tierra lleno de baches, alejándonos de la civilización.
Y allí estaba. La Casona.
No era una casa acogedora. Era un edificio imponente de finales del siglo XIX, de esos que construyeron los indianos al volver de América, pero que había perdido todo su esplendor. Las paredes de piedra estaban manchadas de humedad y musgo. Las contraventanas de madera colgaban torcidas. El jardín delantero era una selva de zarzas y ortigas que llegaban hasta la cintura. Una vaca famélica nos miró desde el prado contiguo, rumiando con indiferencia.
—Aquí es —dijo Beatriz, deteniendo el coche. No apagó el motor—. Yo no me bajo. Mis zapatos no son para este barrizal.
—¿No vas a entrar a ver a tu madre? —pregunté, atónita.
—Llevo dos años sin verla y pretendo que sigan siendo tres. Ahí tienes las llaves. La despensa está llena, hice un pedido online la semana pasada. Suerte, Guadalupe. La vas a necesitar.
Me bajé del coche. En cuanto cerré la puerta, Beatriz dio media vuelta y aceleró, salpicándome de barro las piernas. Vi las luces rojas de su coche desaparecer en la curva, dejándome sola en medio de la nada.
El silencio era absoluto. Solo el viento silbando entre las ramas secas de un nogal centenario.
Respiré hondo, intentando calmar el temblor de mis manos. Arrastré la maleta por el sendero de piedras sueltas hasta el porche. La madera de los escalones crujió bajo mi peso como un lamento….