No le hice nada a tu hijo, tía. Solo recuperé mi casa. Del otro lado hubo un silencio breve, seguido por un suspiro pesado, de esos que usan algunas personas cuando quieren hacerte sentir culpable antes de empezar a hablar. —Qué fácil lo dices —respondió—. Los dejaste en la calle, en plena Navidad. Cerré los ojos un segundo. Ahí estaba la trampa de siempre: convertir mi límite en crueldad y su abuso en necesidad. —No están en la calle —dije—.

Tienen trabajo, tienen familia, tienen dinero para rentar. Lo que no tienen es derecho a cobrarme por dormir en la casa de mis padres. Mi tía cambió el tono al instante. —Karla habló de más. Tú sabes cómo es. Impulsiva. —No. Karla hizo exactamente lo que quería hacer. Y si Iván no la detuvo en tres años, entonces también quiso hacerlo. Esa misma noche bloqueé a Karla. A Iván no. Quería ver hasta dónde llegaba su arrepentimiento. Sus mensajes empezaron a caer uno tras otro. “Prima, déjame explicarte.” “Esto se salió de control.” “No sabía que te iba a cobrar.” Mentira. Si de verdad no lo hubiera sabido, ya me habría llamado para devolverme el dinero y pedirme perdón, no para justificarse. A la mañana siguiente pedí permiso en el trabajo, metí en una carpeta las escrituras, recibos de predial, pagos de mantenimiento y la transferencia de los siete mil pesos. Luego fui a ver al licenciado Barragán, un abogado amigo de mi padre en el pueblo. Me escuchó sin interrumpirme. Al final dijo algo que me dejó helada: —Hiciste bien en actuar rápido. Cuando alguien vive demasiado tiempo en una propiedad ajena, empieza a confundir la costumbre con el derecho. Y a veces intenta convertir esa mentira en papel. Nos fuimos juntos a la casa. Verla de nuevo me dolió de una manera que no esperaba. La fachada seguía igual, pero adentro todo era ajeno. En la sala ya no estaba el mueble donde mi mamá cosía por las tardes. Habían puesto una sala vinil roja. Donde antes colgaba la fotografía de mis padres, ahora había una televisión enorme. Mi cuarto se había convertido en recámara matrimonial. El de mis padres… en una mezcla rara de bodega y cuarto improvisado. Sentí ganas de llorar, pero no les di ese gusto. Mientras hacíamos inventario, se abrió la puerta de golpe. Entraron Iván, Karla y tía Elvira. —¡No puedes hacer esto! —gritó Iván. —Ya lo hice —respondí. Karla, en cambio, seguía con la misma insolencia. —Nosotros invertimos aquí. Pintura, muebles, arreglos. No puedes venir tres años después y actuar como si nada. —No actuó como si nada —intervino el licenciado—. Actúa como la dueña. Karla soltó una risa burlona. —Pues a ver si puede demostrarlo. El abogado ni siquiera se inmutó. —Con gusto. Subimos al cuarto de servicio para revisar unas cajas y fue ahí cuando todo cambió. En una carpeta de plástico azul, debajo de unos recibos viejos, el licenciado encontró copias de mis escrituras, una fotocopia de mi INE, varios nombres de notarías anotados a mano… y un documento que me dejó sin aire. Era un borrador de compraventa. Mi nombre aparecía como vendedora. El de Iván, como comprador. El monto era ridículo. Y en la línea de la firma había un intento torpe de imitar mi rúbrica. Sentí que el piso se movía bajo mis pies. —Lucía… —murmuró el abogado, mirándome con gravedad—. Esto ya no era solo abuso. Te estaban preparando una trampa. Y cuando bajé las escaleras con aquel papel en la mano, entendí que la peor parte todavía estaba por empezar.