PARTE 2 El viernes Silvia pasó por mí a las ocho de la mañana y nos fuimos directo al banco. No era la primera vez que entraba ahí con las manos sudorosas. Durante años deposité el dinero que ganaba cosiendo vestidos, cortinas y arreglos para las mujeres de la colonia. Poquito a poquito, como había ahorrado para mi primera casa. La diferencia era que ese día no iba a guardar dinero. Iba a moverlo. El gerente levantó las cejas cuando vio la cantidad, pero no hizo preguntas.

Eso fue lo que más me gustó. Era mi dinero. Mi decisión. Mi vida. Del banco nos fuimos a la oficina del licenciado Raimundo Campos, el agente inmobiliario con el que llevaba semanas trabajando a escondidas. Él ya tenía todos los papeles listos. Me señaló dónde firmar, me explicó los tiempos, me dijo que el domingo tendría las llaves de mi nueva casa y que la venta de la antigua ya estaba en proceso final. Nueva casa. La frase me dio una paz rara. No era más grande. Ni más elegante. Pero era mía desde otro lugar. Una casita más pequeña en otra colonia, tranquila, con dos recámaras, un jardincito atrás y vecinos que no me conocían como “la mamá de Esteban”, sino como Rosa, la señora que acababa de llegar. Salimos de ahí y Silvia insistió en invitarme a comer. Pidió una copa de vino y brindó por mí. —Por las mujeres que se cansaron de pedir permiso —dijo. Esa tarde no dejé de recibir llamadas. Mi hermana Irma, una prima que casi nunca me buscaba, hasta un sobrino lejano. Esteban ya había repartido su versión: que yo quería dejar a mis nietos en la calle, que me había vuelto amargada, que me estaban metiendo ideas en la cabeza. Contesté varias veces. Expliqué. Después dejé de hacerlo. La gente que ya eligió villano no está buscando la verdad. En la noche llegó Esteban con su padrino, don Joaquín, un hombre de sesenta y tantos que se creía árbitro moral de toda la familia. —Piensa en los niños, Rosita —me dijo, sentado en mi sala como si viniera a negociar una propiedad familiar—. ¿De veras los vas a dejar sin techo? —No están sin techo —respondí—. Pueden quedarse con los papás de Marta. El silencio fue delicioso. Don Joaquín no sabía eso. Esteban tampoco esperaba que yo lo dijera tan claro. Les desarmé el drama en una sola frase. Luego vino la amenaza. —Pues si no quieres entender por las buenas, lo vamos a arreglar de otra manera —soltó Esteban—. Hasta con abogados si hace falta. Lo miré sin moverme. —Haz lo que quieras. Pero el sábado no entra nadie. Se fue furioso. Yo dormí mejor que en muchas semanas. El sábado amaneció con un sol limpio de octubre. Me levanté temprano, barrí la entrada, regué mis macetas y me puse una blusa azul marino que siempre me hacía sentir firme. Luego saqué de un cajón una carpeta color beige y la dejé sobre la mesa del comedor. Dentro estaban los documentos. No todos. Sólo los suficientes. A las nueve en punto escuché el motor del camión de mudanza doblando la esquina. Me asomé por la ventana y ahí venían: Esteban manejando, Marta detrás con los niños, doña Olivia apretada en el asiento trasero, y otro coche con dos parientes más que venían “a ayudar”. Todos con esa energía de quien cree que la victoria ya está amarrada. Salí y me quedé de pie en la entrada. —¡Bájenle primero la recámara de los niños! —gritó Esteban a los de la mudanza. —No va a hacer falta —dije. Los cargadores se detuvieron. Marta levantó la cara. Leo y Camila dejaron de brincar junto al coche. Doña Olivia frunció la boca como si yo fuera una empleada retrasando el servicio. —¿Cómo que no va a hacer falta? —preguntó Esteban, acercándose. —Porque no van a meter nada aquí. Su reacción fue la de un hombre que jamás se preparó para un no. Me llamó loca. Me llamó ingrata. Dijo que los niños ya habían empacado sus juguetes. Dijo que Olivia había vendido muebles. Dijo que yo no podía hacerles eso. Uno de los cargadores, un señor mayor de bigote canoso, se encogió de hombros. —Si la señora dice que la casa es suya, nosotros no podemos bajar nada. Fue entonces cuando Silvia apareció por la banqueta, como si hubiera llegado al segundo exacto que se necesitaba. Esteban volteó hacia ella con ese desprecio que siempre les tuvo a mis amigas, como si fueran malas influencias y no simples testigos de su abuso. —Usted le llena la cabeza de tonterías —le soltó. Silvia ni siquiera alzó la voz. —No, mijo. Tu mamá piensa solita. Y piensa muy bien. Marta ya no discutía. Me miraba distinta. No con cariño, pero sí con la incomodidad de quien empieza a sospechar que la historia que le contaron no era la completa. Esteban avanzó un paso hacia mí. —Te juro que de esta no te vas a salir con la tuya. Entonces fui por la carpeta beige, la abrí frente a él y levanté el primer documento. Su rostro cambió antes de que pudiera leer una sola línea. Porque en ese momento entendió que el problema ya no era si yo iba a dejarlos entrar. El problema era que tal vez ya ni siquiera existía una casa en la que pudieran quedarse.