En un pequeño cementerio de México, una escena se repetía día tras día: un perro mestizo de pelaje marrón permanecía acostado, inmóvil, junto a una tumba. Quienes pasaban por ahí aseguraban que el animal estaba de luto por su dueño fallecido, y muchos dejaban comida, agua o palabras de consuelo. Pero nadie imaginaba la verdadera razón por la que este fiel amigo no se movía de ese lugar.
