Pero en la habitación del este, donde entraba una franja torcida de luz, todavía quedaba algo parecido a la dignidad. Un armario de nogal, pesado y entero. Un espejo alto, rajado en diagonal. Y un papel tapizado con flores azules, casi borradas por el tiempo, que resistía en una sola pared como si se negara a olvidar que una vez hubo belleza allí.

Amalia apoyó una mano en esa pared y cerró los ojos.
—Vamos a vivir —susurró, sin saber si se lo decía al hijo que llevaba dentro o a sí misma.
Los primeros días fueron una batalla indecente contra cosas pequeñas y brutales. Sacar escombros con una pala prestada. Dormir con una olla bajo la cama por las goteras. Remendar ventanas con cartón y mantas. Hacer fuego con tablones viejos arrancados del corredor. Aprender a distinguir el crujido del viento del crujido de las ratas. A veces el hambre le doblaba la espalda y tenía que sentarse en el suelo hasta que se le pasara el mareo. A veces el bebé se movía tanto que ella se detenía con la respiración suspendida, como si dentro de su miseria todavía hubiera alguien peleando por llegar al mundo.
Los vecinos la observaban de lejos. Algunos con lástima. Otros con fastidio. Nadie quería mezclarse con el conflicto que rodeaba esa casa.
Porque la casa tenía historia.
La supo por Ofelia, una mujer de sesenta años que vendía flores marchitas y velas en la plaza. Llegó una tarde con una sopa de lentejas en un frasco y una manta remendada. No hizo preguntas inútiles ni se escandalizó por el estado del lugar. Solo recorrió el pasillo con los ojos y dijo:
—Aquí murió una mujer esperando justicia.
Amalia levantó la vista.
Ofelia dejó la sopa sobre la mesa desnivelada.